La poesía y la vuelta del tiempo
Manzanilla del insomnio
La obra poética de la escritora ecuatoriana Ivón Gordon Vailakis encaja plenamente dentro de la posmodernidad latinoamericana al intentar comprender la actualidad personal a partir de una serie de fragmentaciones y rupturas que conllevan cuestiones de identidad individual y colectiva. Con Nuestrario (1987), su primera colección de poesía, Gordon Vailakis se mostró partidaria de una expresión que nace en la raíz de lo más íntimo y que entra en diálogo con las circunstancias que la rodean. Colibríes en el exilio (1997) siguió el camino emprendido por Nuestrario, abarcando aún más una problemática social sin dejar aparte las indagaciones personales: su identidad individual dentro de tales condiciones. En ambas colecciones, el tema del exilio está patente a través de la presencia de los amigos, la familia y la añoranza del país natal, pero Manzanilla del insomnio da el próximo paso: empieza a indagar retrospectivamente en las circunstancias/raíces del exilio y en cómo la historia personal llega a estar íntimamente enlazada a la historia colectiva a través de recuerdos, recuentos y objetos personales.
Divididos en tres secciones, los poemas de Manzanilla del insomnio profundizan, ante todo, en el significado del tiempo y de la influencia en nosotros del comportamiento de otros individuos cuyas vidas transcurrieron en otras épocas, en otros momentos que no dejan de estar presentes en los nuestros. La primera sección del poemario, “Reloj sin arena,” ya hace referencia al desafío del tiempo: la corriente sigue, rebelándose ante nuestros deseos de encauzarla o atraparla dentro de limitaciones vagas o superficiales, ya que, aún sin calendario, los días pasan y el reloj, aún sin arena, sigue marcando el tiempo. En este primer apartado, Gordon Vailakis presenta los temas que aparecerán a lo largo del libro: la presencia del judaísmo, el poder del lenguaje, la asimilación cultural y la capacidad transformadora del pasado. La voz del “yo” entra y sale, fluye por los textos como un río cuyo trayecto está íntimamente tocado por la geografía de la historia. El primer poema, “Como árbol sin raíz,” une los temas del lenguaje y del tiempo en la figura del árbol, proyectando así su búsqueda de identidad individual. Los versos finales contienen la conclusión de esa exploración:
Los signos y las letras se confunden
en las ramas del árbol.
Todo es uno y uno es todo
La causa de la raíz y de la duda eterna
se disipa
en la creación de la palabra.
Todo es uno y uno es todo. (9)
En el poema, el árbol representa ese tronco común que tiene toda comunicación, sea ésta lingüística, fonética o física: la historia de la humanidad. Cada individuo contiene en sí las semillas de la comprensión, y cada intento de comprensión y de comunicación representa un acercamiento a algo más amplio. “Todo es uno y uno es todo” repite la escritora, pero esta afirmación sólo cobra sentido dentro de las capacidades del lenguaje. Al “crear la palabra,” las incertidumbres existenciales se van disipando.
Otros poemas de la primera sección indagan en el papel unificador del lenguaje. “Nos separa la palabra y el mundo” menciona la presencia del Kadish, el rosario, el Kol Nidrei y “la serpiente encabalada” para afirmar, al final, que “la palabra crea el mundo” (12). Y el poema “Atardecía al revés” proclama que “somos la palabra y regresamos al origen, / somos lo que pensamos” (17), subrayando así la encarnación del lenguaje en la existencia cíclica del ser humano y el papel que juega en nuestras vidas la comunicación.
La segunda sección, “Un par de armonías,” entra de pleno en el potencial transformador del lenguaje y de la memoria individual en la (re)creación de una historia colectiva. Como trasfondo principal de la coyuntura entre lo personal y lo social, el tiempo sirve de lápiz que ilustra todo momento vivido. La circularidad, la nostalgia, el destino, la memoria y, por ende, la herencia recibida son subtemas de la gran mayoría de los versos de La manzanilla del insomnio, y, en particular, de la segunda sección del poemario. El pasado y su huella en el presente suponen una fuerza de la cual es difícil—sino imposible—deshacerse. En “La noche anterior al miércoles de ceniza,” escribe “no puedo olvidar tu imagen / nuestras caminatas por los cementerios / para descubrir el rostro de nuestra herencia” (29). En “Meciendo el té negro,” Gordon Vailakis declara que “encuentras en ti el tiempo, / asumes la voz de la distancia” (34). Y en “Te desconocí,” la autora está deslumbrada ante la fatalidad inevitable y personal del tiempo:
Te desconocí
al ver el baúl lleno de siluetas.
No podía creer
que había fechas inmemorables
que te tocan
no podía creer
que había vidas solitarias entradas en tu parque
de silencio.
No podía creer
que los recuerdos amorosos
se volteen hacia mí desnudos de tu feroz deseo (47)
La arqueología del pasado la emprende a través de la distancia con un interlocutor que queda presente en el tiempo transcurrido. El “baúl lleno de siluetas,” las “fechas inmemorables,” las “vidas solitarias entradas en tu parque” y los “recuerdos amorosos” encarnan el paso del tiempo y los detalles aparentemente livianos de la vida cotidiana. El presente transcurre sin novedad: por el hallazgo de la rutina, por los momentos repetidos a diario, por la memoria y por las sombras. La clave en descifrar nuestra actualidad es tomar conciencia del pasado y del papel que juega en nuestro presente. Como escribe Gordon Vailakis, esas fechas sin importancia “tocan.”
La última parte del libro, “Manzanilla del insomnio,” lleva el nombre del libro y, consecuentemente, abarca la mayoría de los temas mencionados anteriormente: el pasado, la memoria, la presencia de una herencia cultural, la asimilación y el papel del lenguaje dentro del contexto vital. Conviene citar en su totalidad el poema “Este exceso de bordes” ya que encarna la sustancia del poemario:
Este exceso de bordes
perdidos en una historia.
Este exceso de mezclar los colores primordiales.
Los espejos de agua
aparecen muertos en un estanque
desvinculados de la Gran Madre de las aguas.
A estas alturas no recuerdas el destino,
amaneces marcada de luz
en la plaza
donde se juntan los pasos como insectos
bajo las plantas gastadas
de fundar una ciudad en la tierra. (61)
Las metáforas sirven para referirse al paso del tiempo y, a la vez, para borrar la distinción entre el espacio individual y el colectivo. Los “colores primordiales” se unen, el destino personal ha pasado a un segundo plano y el reflejo aparece en otro, alejado de esa imagen principal; pero por encima de toda representación queda una sociedad, una colectividad que da sentido a las elucubraciones solitarias. El amanecer le llega a la narradora en una plaza (espacio público, propiedad visual de toda una comunidad) y las raíces están ya en su sitio: la ciudad, principio colectivo, está fundada. Los reflejos están muertos, quizás al alejarse de ese Primer Reflejo, “la Gran Madre de las aguas.” En este texto, el lenguaje metafórico que emplea Gordon Vailakis nos lleva en un viaje a lo largo del tiempo y de las posibilidades discursivas del pasado y del presente.
En suma, los poemas de Manzanilla del insomnio nos invitan a participar en su creación al presentar una serie de preguntas retóricas que saltan del texto: ¿Cómo me afecta el pasado colectivo de mi cultura? ¿Qué papel jugará mi presente en el futuro de otros (y el presente de otros en mi futuro)? ¿Cómo asimilamos esa asimilación? ¿Y qué papel juega la memoria? Expresados con un lenguaje que renueva su compromiso estético con la metáfora y con la expresión poética, los versos de Ivón Gordon Vailakis entran en diálogo con la presencia del pasado y con la actualidad policromática que nos ofrece la vida cotidiana, sea cual sea nuestra herencia.
Dr. José María Mantero, Xavier University