CUENTOS/NARRATIVA
Juanjo el uno menos
Por Ivonne Gordon Vailakis
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida
Rubén Blades
No sé cómo empezar a narrar si es en primera, en tercera, o primera persona del plural. No sé si Julio Cortázar entra por las noches de insomnio y me cuenta historias en el oído. No sé si los sentidos son claros, o los sexto sentidos existen, sólo sé que cuando Juanjo me acarició, sentía como si un millar de arañas diminutas caminaran lentamente por todas partes de mi cuerpo construyendo telarañas en los lugares más inusitados. Fui porque Alex me invitó. Alex era una buena persona, era mitad salvadoreño y mitad gringo. Hablaba español pero lo hacía como si fuera un zapato prestado. No se sentía totalmente cómodo en el lenguaje. Me invitó a la fiesta donde iba a haber un montón de latinoamericanos, todos estudiaban en la universidad ya sea negocios o ingeniería. Claro, todos estudiaban profesiones útiles, ninguno estudiaba filosofía y letras como yo. Estar otra vez rodeada de personas que sólo hablan español, que saben bailar salsa como se debe, qué rico, me dije, por fin he encontrado el paraíso, añoraba cada instante, otra vez estar con mi gente, hablar mi lengua, y sentir el ritmo de la salsa como si fueran corrientes que entran por todo mi cuerpo. Sentir que el sonido de los tambores me recordarían el movimiento de la culebra. No podía de ninguna manera perderme la fiesta. Tanto tiempo había añorado este momento de poder bailar a rienda suelta. Desde que me ennovié con Hank, dos años para ser precisa, comencé a perder el ritmo de mi cuerpo, me comencé a separar de él, de pensar de él como si fuera un artefacto al que hay que quitarle un poquito de grasa aquí, endurecerle acá, ese cuerpo con el que salía a diario no era el mío. No sentía el ardor del ritmo, no sentía a la culebra desenrollarse, sólo me miraba al espejo a ver si mi pancita había aumentado, a correr dos millas más, no más pan con las comidas, mañana solo yogur, y lo revisaba como si de pronto al mirarme al espejo mi cuerpo se transformaría en uno de modelo, toda esbelta y alta por supuesto. Pero había olvidado a sentir la picazón, sentir los sacudones de vez en cuanto, las contorsiones, estaba olvidando todo eso.
Hank no conocía lo que era descuartizarse con la culebra, todo eso para él era extraño fuera de este mundo. El buscaba su lugar en el mundo. Se sentía como un rebelde que desafiaba lo que era imposible de evitar. Su familia había inmigrado de Holanda después de la Segunda Guerra Mundial, y a puro golpe habían logrado el sueño americano de ser dueños de una ferretería enorme en un pueblito. Hank sabía que su lugar era al frente de la ferretería. Ese tipo de negocio le traería dinero y seguridad. Es lo único que buscaba, aunque en el fondo el sabía que no sería lo que le traería felicidad. A la final lo único que le interesaba era satisfacer a su papá y a su mamá. Su padre no veía en mí un buen partido para su hijo, que beneficio pudiera traerle a su hijo una mujer que estudia filosofía y letras. Esas intelectuales sólo traen malestares y dolores de cabeza al hogar. Ella nunca pudiera ser la esposa ideal. Es demasiado inteligente, y además estudia. En cambio Hank, no paso del primer año de universidad, y su esposa tendría más educación que él. Imposible. El padre hacía todo lo posible para convencer a Hank que su novia actual no es buen material para esposa. Lo hacía recapacitar a menudo.
El interés de Hank en mí, era la posibilidad de ser su esposa. El escuchaba las palabras sabias de su padre. El siempre me revisaba continuamente cuando el creía que yo no me daba ver cuenta. A ver si ella pudiera servir de esposa, cómo cuidaría la casa, los hijos, cómo me representaría frente a mis amigos, cuán dócil pudiera ser, aunque no tiene dejos de ser dócil, capaz que con el tiempo yo puedo controlarla. Será presa fácil. Todas estas preguntas me imagino se hacía mientras me revisaba. Un día me preguntó, si quería ir con él a trabajar en la ferretería los domingos, así podíamos estar juntos y él podía aprender más sobre el negocio de su padre. Accedí sin pensar en nada más que estar juntos, en la maravilla de poder pasar todo el día juntos, era como irme a Disneylandia sin los mareos. Claro, que tenía que aprender, era entrar en un mundo que yo no conocía y por lo tanto me gustaba la aventura. Me gustaba la idea de ir a un lugar tan diferente de la universidad en este pueblito remoto, donde las rocas lo cubrían todo. Tenía cierto encanto. Parecía un lugar de las películas de los “cowboys.” Me gustaba el reto de hacer algo que nunca había hecho. Nunca había trabajado de cajera, mucho menos en una ferretería. Lo más difícil era dar cambio, me daban un billete de veinte, y la cuenta era $4.25 y me decían te doy veinticinco para ayudarte, me quedaba en blanco, y no tenía idea que tenía que contar para atrás, cinco, diez y veinte. Que confusión, no como ahora que todo lo dice la caja, todo es automático y las cajeras no tienen que sufrir como yo sufría cada vez que alguien venía a la caja. Les miraba como si hubiera perdido mi cachorrito, algunos se reían y eran pacientes otros se enfurecían así que yo les daba lo que podía estoy segura que siempre les daba más de la cuenta. Estaba tan deseosa de pasar los domingos con Hank que ni siquiera pensé que no me iban a pagar, que lo iba a hacer gratis. Los domingos en la ferretería era como un día feriado. No había nada en el pueblo, y la gente vivía en lugares apartados, y eran agricultores o tenían grandes extensiones de tierra. Algunos vivían cerca de un lugar de aguas termales. Los domingos eran los únicos días que la gente salía de sus rincones, vivían en lugares aislados, tenían poco contacto con la gente, y sólo salían a la ferretería para comprar clavos, madera, pintura, tuercas o cualquier otra cosa que necesitaban para arreglar donde vivían. Algunos eran bien huraños casi no hablaban, otros sólo venían para conversar. Era un lugar bastante aislado. En este pueblito sólo había la ferretería, un café de mala muerte y una gasolinera era lo único que había en este lugar. Era todo polvoriento, desolado, muchas veces pensaba ver a los vaqueros con sus pistolas caminando por la única calle que había. Así como era de desolado también tenía un magnetismo especial. Parece que muchos artistas de Hollywood vivían allí para alejarse de sus aficionados y vivir una vida más tranquila a un ritmo muy diferente del de Los Angeles. La ferretería fue mi lugar de aprendizaje, aprendí la diferencia entre las maderas, que hay diferentes medidas y la calidad de los clavos. Yo siempre pensé, un clavo es un bendito clavo, pero no, la diferencia era tremenda. La ferretería tenía cierta fascinación para mí. La gente no era nada común y entraban a la ferretería como si siempre trajeran un secreto encerrado en alguna parte. Algunos eran esquivos, no respondían a las preguntas, a veces yo no les hacía caso, y me miraban desde las esquinas de la ferretería como si tramaran algo.
La fiesta servía de eco, el ritmo, el baile, el aliento los movimientos, la culebra comenzaba a estirarse después de estar entumecida por algún tiempo, todo estaba vivo dentro de mí porque desde pequeña descubrí el secreto de bailar. Al bailar perdía la conciencia de mí mismo y me envolvía en la música para llegar a otro espacio. No había ni tiempo ni espacio. Las horas podían volar. Llegué temprano y ahí estaba Alex. Estuvimos conversando animadamente cuando se acercó su compañero de cuarto Juanjo, me lo presentó y me invitó a bailar. Juanjo había venido del Salvador a estudiar negocios en los U.S.A. para poder volver a su país y tener una educación de los USA y un buen puesto. Venía de una familia prominente de El Salvador. Su hermano se había hecho sacerdote y tenía a su mando toda una comunidad de indígenas que trabajaban en artefactos de madera con incrustaciones típicas de El Salvador. De vez en cuando voy a lugares que venden cosas exóticas de Latino América me encuentro con estas muestras de arte de su hermano. En cambio Juanjo, no tenía ningún interés en los indígenas, todo lo contrario quería conquistar cuanta gringuita se pusiera en su camino y sacar su título en negocios para poder volver y ser un hombre de éxito en San Salvador. Comenzamos a bailar y desde ese momento en adelante sólo recuerdo que todas las caras en el cuarto parecían tener caretas, nadie hablaba todos estaban en silencio, era un silencio pesado y yo sentía como si mi cuerpo flotara en el aire, y que Juanjo y yo flotábamos como si estuviéramos unidos. No sé cuanto tiempo bailamos juntos, lo único que sé es que estábamos unidos como si fuera tan sólo un cuerpo, todo el resto era inexistente, no me acuerdo que pasó con las personas, pero después de no sé cuanto tiempo, no había casi nadie. Sentí esa sensación de vacío que me iba hundiendo más y más. Cuando oí la voz de mi abuelita Carola que decía, "alpiste comido es alpiste tirado" volví a mis sentidos como si me hubiera despertado de un largo sueño. Entendí en ese instante lo que eran las caricias de la conquista, lo que él buscaba en mi cuerpo no era lo mismo que yo buscaba en el suyo.
Pasaba todos los días con él, su presencia era como un imán para mí, yo no tenía otro interés que estar con él. Le regalé un libro sobre Halil Gibran, me dijo que era un libro muy raro y que no lo entendía. El lo que quería de mí, fui comprendiendo poco a poco, era una conquista más en los USA., pero lo más chistoso del caso es que yo ni siquiera era de los USA sino de Chile, pero me imagino que no importaba la nacionalidad. Lo único que quería era estar con él sentir su aliento, su piel. El había despertado en mí algo insaciable.
En la ferretería todos los domingos venía Don José, y siempre se dirigía a la sección de clavos. Los tomaba en sus manos y los acariciaba y a veces los dejaba caer de sus manos como si fuera una cascada de plata, y sonaba tan bonito que yo iba a ver de donde venía ese sonido, pero cuando me acercaba Don José dejaba de tocar los clavos y me miraba como si yo estuviera interrumpiendo algo.
Así que yo me iba a la caja, y me quedaba siempre con la curiosidad de ver y oír qué era lo que Don José hacía. Como venía cada domingo, traté de hablar con él, al principio me esquivaba, pero yo veía que a la distancia me miraba, viendo si podía confiar en mí. Por fin un día me dijo, "Usted se muere de curiosidad por saber qué hago yo con los clavos, ¿no?" Y yo le dije, sí, de verdad me muero de curiosidad. Me miró con esos ojos que han vivido muchas vidas, y me dijo, "yo puedo confiar en usted".
Le miré a los ojos, y por primera vez le ví, siempre venía los domingos, me daba mucha curiosidad, sin embargo en todo ese tiempo nunca le había visto. Es posible ver y no ver a las personas? Sólo lo había visto pasar, pero nunca le había visto a los ojos, pero cuando de verdad lo vi, pude observar un dolor profundo en su corazón tan fuerte que parecía arrancarle la piel. Ahí delante de los clavos, me dijo: seño yo perdí al amor de mi vida, mi mujer Sofía era lo más sagrado que existió, nunca había querido a alguien como le quería a ella. Todas las mañanas me tenía el café caliente, y nos sentábamos los dos como si fuéramos a misa cada día. Nos tomábamos ese rico café con unas tortas para tener fuerzas para enfrentar el día. De ahí dábamos de comer a las gallinas, al puerco, a la vaquita. Luego regábamos el agua en las matas y en las cosechas que teníamos. Un día como cualquier otro, porque los días se parecen a los otros, y uno va perdiendo la cuenta de los días. La noche anterior había habido los viento de Santa Ana como les llaman por estas partes, y la cerca de madera que la habíamos puesto con tanto trabajo y esfuerzo se cayó. Así que estábamos arreglando la cerca con un martillo grueso grande y con los clavos grandes, así que ahí estábamos los dos, martilla que martilla cuando ella pegó un grito, se le había metido un clavo en la mano. Se fue al botiquín se puso yodo y ya. No hizo más caso del incidente.
Su mano se comenzó a hinchar, pero decía, ya se me va a pasar, no es nada. Hasta que un buen día sin aguantarme más le dije, mujer nos vamos al hospital y te voy a llevar quieras o no, viajamos más de una hora. Cuando llegamos le admitieron a emergencia. Esa fue la última vez que vi a mi Sofi. El médico salió y me dijo que la había traído demasiado tarde. Así que yo vengo todos los domingos a la ferretería para estar con mi difunta. Cuando toco los clavos siento su presencia entre ellos, y me comienzo a acordar de todos los buenos tiempos, de nuestro café bien caliente, de nuestras manos, de ese amor que nos teníamos. Ese amor que no tiene nombre ni nada, sólo un amor que emanaba un rico calorcito tibio y tranquilo. Después de acariciar los clavos y oír su canto, siempre compro dos libras de clavos, los pongo junto a la cama y cuando me despierto al siguiente día los clavos nunca están en el mismo lugar.
Juanjo me dijo que ya no podía seguir conmigo. Sentí como si me arrancaran el estómago, mi corazón parecía ahogarse, le pregunté por qué, y me dijo que su novia que tenía en el Salvador iba a dar a luz a su hijo. Por suerte estaba sentada sobre el césped, quería gritar con todas las fuerzas, quise arañarle la cara, no sabía que hacer primero, las lágrimas me chorreaban como si fueran un torrente, mi corazón parecía que había perdido toda la sangre, y sentí una nausea tremenda y comencé a vomitar sin parar. No podía ver a Juanjo, pero mientras me lo imaginaba ahí parado más vomito me venía y no podía parar. La gente que pasaba nos miraba con cara de susto. Le grité que se fuera, y se sintió feliz de poder alejarse de tal espectáculo. Después de algún tiempo, no tengo idea de cuanto tiempo pasó, me fui a un baño, me arreglé un poco y me fui hasta mi carro. Manejé sin saber a donde iba, no tenía sentido, sólo quería perderme en el tráfico. Cuando paré en el semáforo vi una ferretería en frente.
Paré y fui directamente a la sección de clavos, compré dos libras. Llegué a la casa después de divagar por las calles. Me acosté y puse los clavos en la cama. No sé cuando me quedé dormida. Al día siguiente, cuando me desperté, sentí que mi cuerpo se había liberado de un gran peso, y noté, tal vez sin sorpresa, como las dos libras de clavos ya no estaban en su lugar.